Lula u otro Bolsonaro: Brasil se juega mucho más que un Presidente

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Este domingo, 158,7 millones de brasileños están habilitados para votar en la primera vuelta de una elección que excede largamente a dos nombres propios. De un lado, Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, que busca su cuarto mandato. Del otro, el Senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente.

Lula llega al frente de una coalición de siete partidos encabezada por el Partido de los Trabajadores (PT), con Geraldo Alckmin otra vez como compañero de fórmula. Flávio, por el Partido Liberal (PL), heredó la candidatura de su padre, Jair Bolsonaro, que no puede competir.

Jair fue condenado en 2025 a 27 años y 3 meses de prisión por intentar un golpe de Estado tras su derrota de 2022, y hoy cumple la pena en prisión domiciliaria. Que su hijo tenga chances reales de llegar al Palacio del Planalto dice mucho del Brasil que vota este domingo.

Las encuestas ponen a Lula adelante: según el último relevamiento de Datafolha, obtendría el 45% de los votos válidos, contra el 40% de Bolsonaro. Para ganar sin balotaje necesitaría más de la mitad: le faltarían unos cinco puntos, y ninguna encuesta lo muestra alcanzándolos.

En el PT se ilusionan con los indecisos y con el voto útil de quienes hoy eligen a candidatos menores, y el propio Lula dijo en la recta final que cree que puede ganar en primera vuelta. La historia juega en contra: desde 2002, todas las presidenciales se definieron en balotaje.

Si nadie supera la mitad de los votos, Lula y Bolsonaro volverán a enfrentarse el 25 de octubre, en una segunda vuelta que, según las encuestas, estaría en empate técnico.

Las deudas, en el centro

Lo llamativo es que el oficialismo llega con buenos números: el desempleo bajó al 5,3%, el más bajo desde que existe la medición. Pero el costo de vida y las deudas pesan más en la calle que en las estadísticas, y alimentan un deseo de cambio que la derecha supo capitalizar.

Según la Confederación Nacional del Comercio, 8 de cada 10 familias brasileñas están endeudadas, un récord histórico, sobre todo por las tarjetas de crédito. Y casi 3 de cada 10 tienen pagos atrasados.

Lula apuntó justo ahí. El 25 de septiembre firmó la prohibición de las apuestas deportivas y los casinos online, como el popular «jogo do tigrinho», que quedan fuera de línea desde el 6 de octubre. El Gobierno la presentó como una respuesta a una crisis de salud pública y de endeudamiento familiar.

En la misma semana lanzó el Desenrola 3.0, la tercera etapa de su programa para sacar a las familias de las deudas. Esta vez, el Estado comprará a los bancos deudas de personas que ganan hasta 10.000 reales por mes, con descuentos de hasta el 95%, por hasta 157.000 millones de reales.

Un país partido en varios

Brasil no vota como un solo país. El Nordeste sigue siendo el bastión histórico de Lula, mientras que el Sur, la región de mayor ingreso por habitante, se inclina por Bolsonaro. En el medio aparece el Estado de Minas Gerais, el segundo padrón del país.

Minas es el gran termómetro: desde 1989, quien ganó allí llegó a la presidencia. Según las últimas encuestas, Lula aventajaría a Bolsonaro en el Estado, pero el mismo electorado elegiría a un gobernador de derecha. Ese voto cruzado es casi una tradición mineira.

La fe es otra frontera. Lula conservaría la ventaja entre los católicos, que siguen siendo mayoría, y Bolsonaro duplicaría a Lula entre los evangélicos, un sector en crecimiento que se identifica con la agenda conservadora.

Hasta la Virgen de Aparecida entró en la campaña: circuló el rumor de que, si ganaba Bolsonaro, dejaría de ser la patrona de Brasil, y el candidato del PL tuvo que salir a negarlo.

Las mujeres, que son el 52,8% del padrón, podrían inclinar la balanza. Según la encuestadora Quaest, entre ellas Lula le sacaría nueve puntos a Bolsonaro en un eventual balotaje, mientras que entre los hombres la ventaja sería para el candidato del PL.

Dos maneras de pedir el voto

Sobre ese mapa, las dos campañas eligieron caminos opuestos. Lula empezó la suya en el estadio de São Bernardo do Campo donde, en 1979, encabezó las asambleas de las grandes huelgas metalúrgicas. Su principal video de campaña lo muestra leyéndole una carta a aquel Lula de 1979.

Es el Lula que las nuevas generaciones no llegaron a conocer: el dirigente sindical que movilizaba a miles de trabajadores desde arriba de un escritorio, con un megáfono. Su spot, al ritmo de Bad Bunny, completó el relato con una consigna: «Brasil tiene un único dueño: el pueblo brasileño».

Ese tono se replica en el territorio. Puro Chaco Noticias pudo comunicarse con Marina Gissi, Concejala del PT en Alfenas, una ciudad del sur de Minas Gerais, y en ese diálogo nos facilitó un video de campaña desde ese Estado clave.

En el video, Marina pide el voto para la Diputada federal Dandara Tonantzin y enumera lo que gestionó para la ciudad: fondos para el hospital local, una nueva clínica odontológica e inversiones en la universidad federal. También recuerda que Dandara impulsó la nueva ley de cuotas universitarias.

Además, destaca dos medidas que impulsó en el Concejo: la atención prioritaria a mujeres en situación de violencia y la protección de las comunidades de religiones afrobrasileñas. El cierre es una consigna clara: barrer a la extrema derecha.

A horas de votar, la militancia del PT no discute geopolítica: pelea el voto casa por casa con obras concretas.

Bolsonaro, en cambio, apostó a la mano dura en seguridad, la baja de impuestos y la agenda conservadora, con el voto evangélico como base. Cerró su campaña en San Pablo, el corazón económico del país.

Cuando se suspendió el último gran debate televisivo, al que Lula ya había decidido no ir, Bolsonaro lo transformó en bandera y denunció «la censura en su más alto grado». Lula, mientras tanto, eligió hablarle a los jóvenes desde un pódcast de gran audiencia.

La sombra de Washington

Si algo distingue a esta elección es el peso de Estados Unidos. En 2025, Trump impuso aranceles del 50% a los productos brasileños y los vinculó al juicio contra Jair Bolsonaro. En junio de este año, su gobierno propuso un nuevo arancel del 25%.

Además, Washington sancionó por un tiempo al Juez Alexandre de Moraes, del Supremo Tribunal Federal (STF), que condujo la causa contra el expresidente, y revocó visas de funcionarios judiciales brasileños.

Detrás de esa presión aparece Eduardo Bolsonaro, hermano del candidato, que vive en Estados Unidos desde marzo de 2025. Él se presenta como un exiliado político; para sus críticos, es un prófugo.

En junio, el STF lo condenó a cuatro años y dos meses de prisión por coacción: según el fallo, articuló desde Estados Unidos la campaña de aranceles para frenar la condena de su padre. Muchos lo señalan como el puente entre el conservadurismo estadounidense y el bolsonarismo.

En mayo, Flávio Bolsonaro fue recibido por Trump en la Casa Blanca y le pidió que declarara organizaciones terroristas al Primer Comando de la Capital (PCC) y al Comando Vermelho (CV), las dos mayores facciones criminales del país. Washington lo hizo días después.

Esta semana se sumó otro capítulo. Según reveló el diario británico The Guardian, el gobierno de Trump habría desviado 175 millones de dólares de un fondo del Departamento de Estado para derechos humanos y democracia hacia causas conservadoras en distintos países.

De ese dinero, 1 millón de dólares estaría destinado a grupos brasileños que cuestionan al Supremo. Como la ley brasileña prohíbe que gobiernos extranjeros financien a grupos políticos, el Gobierno de Lula pidió a la Policía Federal que investigue el caso.

El viernes, a dos días de la votación, Estados Unidos suspendió la atención en su embajada y sus consulados en Brasil por «razones de seguridad», sin dar más detalles. Ese mismo día, Trump aseguró que sigue la elección «muy de cerca» y evitó responder si apoya a Bolsonaro.

Frente a esa presión, Lula hizo de la soberanía su bandera. En septiembre, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, lo dejó claro: «Brasil no cabe en el patio trasero de nadie».

Mucho más que un presidente

El domingo también se renuevan 54 de las 81 bancas del Senado, y el bolsonarismo no esconde su objetivo: llegar a los dos tercios de la Cámara, el número necesario para destituir a jueces del STF.

Bolsonaro lo dijo sin vueltas al pedir un «voto de revuelta» que le permita nombrar a nuevos miembros de la Corte, aunque las proyecciones dejan al bolsonarismo lejos de esa meta en el Senado.

La Argentina mira de cerca

El Presidente Javier Milei viajó en julio a San Pablo para respaldar a Bolsonaro en la convención del PL, donde calificó a Lula de «basura socialista». Después volvió a llamarlo «ladrón», y Brasil llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires.

Más allá de las afinidades ideológicas, Brasil sigue siendo el principal socio comercial de la Argentina. Lo que pase el domingo va a impactar en el Mercosur y en las economías regionales, y el Chaco no queda afuera de esa ecuación.

Para el progresismo latinoamericano, Lula es mucho más que un candidato: es, junto a Claudia Sheinbaum en México, uno de los pocos liderazgos de peso que le quedan en pie en una región que giró a la derecha. Su reelección no garantizaría una nueva ola, pero su derrota sí cerraría un ciclo.

A los 80 años, y en lo que sería su última campaña, Lula se juega su legado y el lugar de Brasil en el mundo. Enfrente, el apellido Bolsonaro busca volver al poder a pesar de la condena del padre.

Las urnas cierran a las 17 hs, la misma hora que en la Argentina, y el conteo electrónico suele ser rápido. A la noche se sabrá si Lula consigue la sorpresa en primera vuelta o si Brasil se encamina a un balotaje de final abierto.